¿Estoy en mi lugar?

¿Estoy en mi lugar?

Gen 1-2

La primera experiencia fundamental para todo bautizado es descubrir que siempre ha sido amado por Dios y pensado por el Padre. El universo entero fue creado por un acto de amor gratuito del Señor, que pensó el mundo y la historia, la naturaleza y todo el firmamento como un maravilloso mosaico en el que cada criatura ocupa un lugar único e insustituible, convirtiéndose así en las piececitas de esta obra de arte querida y realizada por Dios.

En la creación

cada hombre y cada mujer nacidos a la vida es único e irreemplazable y ha sido deseado y formado con un acto de absoluta gratuidad y amor incondicional por el Señor. Por lo tanto, la experiencia fundadora de todo camino cristiano, que ilumina con belleza la existencia de cada persona, es la de reconocernos como importantes para el Creador, llamados a la vida para desempeñar un papel y una tarea que nadie más puede realizar en nuestro lugar. Esto llena el corazón de alegría y gratitud.

Is 43,1

"Te he llamado por tu nombre: me perteneces",

dice el Señor a través del profeta. Esta conciencia madura en el cuidado de una relación personal con Dios, y genera asombro y maravilla. Podemos decir que la primera diaconía es la del Creador, el Dios Uno y Trino, quien, como sucede en las relaciones trinitarias, al crear se retrae y da lugar a la existencia de las criaturas, y en particular del ser humano. La diaconía es el ejercicio de la humildad de Dios. A partir de esta acción de absoluta gratuidad, el hombre de fe descubre que pertenece a un Dios que es única e infinitamente amor.

De esta experiencia

Is 43,4

de saber que siempre ha sido creado y amado, nace la conciencia de no estar en el mundo por casualidad. Así el Señor se dirige a cada uno de nosotros: “Eres precioso a mis ojos, porque eres digno de estima y te amo“. Por eso, cada persona es especial, es conocida y amada personalmente, su existencia tiene un sentido iluminado por la experiencia del Eterno que habita en ella y del que forma parte.

Ap 22 13

Este proyecto de amor tiene su cumplimiento en Cristo. Él, verdadero Dios y verdadero hombre, manifiesta plenamente la predilección del Creador por sus criaturas, y muestra la meta del camino de maduración que toda la humanidad, junto con toda la creación, está llamada a seguir.

Jesús es”el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin”.

Como un mosaico

Don Ottorino quiso representar todo esto con una imagen muy efectiva y sugerente: una cruz de mosaico, de color dorado sobre un fondo plateado, en la que cada pieza representa una criatura. Una de estas piececitas, sin embargo, está representada “fuera de lugar”, dejando una sensaciòn de desarmonía, una falta en la cruz.

¿Por qué este detalle?

La imagen tiene por objeto indicar la experiencia común por la que a menudo sucede que las personas, especialmente las más débiles, pobres y marginadas, experimentan una sensación de abandono y soledad tal que creen que están en el mundo por casualidad, que son olvidados incluso por Dios. Mirando el mosaico, se puede pensar en esa piececita como a una persona que se siente fuera de lugar porque es inadecuado, inútil, incluso inapropiado. Y sin embargo, para seguir con la metáfora, sabemos bien que un mosaico, por muy bello o grande que sea, si le falta incluso un pedacito pequeño, está incompleto y es feo.

A fuera de la metáfora, entendemos que todos son necesarios para el maravilloso proyecto del amor de Dios.

Aquí, entonces, está la invitación para nosotros a buscar sin miedo el lugar en esta historia de predilección que el Señor quiere escribir con cada uno de nosotros. La imagen de Don Ottorino lleva así una pregunta sugerente y provocativa: “¿Estoy en mi lugar?” Es la invitación a descubrirse a sí mismo llamado a vivir su vida como único e irrepetible, como muy importante a los ojos del Creador.

¿Cómo sé cuál es mi vocación?

¡Vive! ¡Dense lo mejor de la vida! Deja que tus sueños florezcan y toma decisiones. (Christus vivit, 143)