El Fundador: padre Ottorino Zanon

El venerable padre Ottorino Zanon nació en Vicenza el 9 de agosto de 1915, en el seno de una familia humilde. Fue ordenado sacerdote el 26 de mayo de 1940, durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras se desempeñaba como capellán de una parroquia de la ciudad, quedó impresionado por la situación de dolor y de degradación en el que vivían las familias de la periferia de la ciudad.

El 24 de mayo de 1941 dio vida a una nueva Obra, el Instituto San Cayetano, acogiendo y hospedando a chicos huérfanos y abandonados para educarlos a través del trabajo, de manera que crezcan como buenos ciudadanos y buenos cristianos. Desde el inicio involucró colaboradores para la Obra, confiando siempre en la Providencia para responder a las muchas necesidades de estos chicos; nunca faltaron signos concretos de la presencia de Dios, a quien pertenece la Obra.

En el 1948 reúne el primer grupo de jóvenes, que se convertirán en los primeros religiosos, presbíteros y diáconos.

En el 1961 nació la Pía Sociedad San Cayetano, congregación religiosa formada por presbíteros y diáconos, dedicada a la atención pastoral de parroquias en zonas pobres y en diócesis con escasez de clero.

Padre Ottorino se caracterizaba por un espíritu paterno, jovial e innovador en la educación de los jóvenes, tenía una pasión incontenible por Jesús y un deseo desbordante de anunciar al mundo la belleza de estar unidos a Él y unidos entre nosotros. Su profunda espiritualidad era notable. Se cuestionaba en todo momento sobre cuál era la voluntad de Dios. Su pregunta frecuente era: “¿Estoy en mi lugar?”. También cabe mencionar la radicalidad de su entrega. Quería ser cura-cura, una repetición que en véneto (un dialecto del norte de Italia) representa un superlativo. Para él, la elección de la vida religiosa significaba una entrega total.

Sus ideas fijas eran la unidad y la caridad dentro de la Iglesia. “Si un religioso habla mal de otro religioso, tendría que quedar mudo por un mes”, decía.

Padre Ottorino se dedicó a la formación de jóvenes religiosos y animó la expansión misionera de la congregación. Desde 1963 abrió misiones al sur de Italia, en Guatemala, Brasil y Argentina. En 1965 dio vida a los Amigos laicos, y más adelante, nacerán las Hermanas en la Diaconía.

Falleció en Brescia, el 14 de septiembre de 1972, debido a un accidente de tránsito. Sus últimas palabras fueron. “Jesús, te amo”.

El 5 de junio de 2015, el Papa Francisco reconoció las virtudes heroicas de padre Ottorino Zanon, por las que se lo declaró venerable.

“Conocer y amar a Jesús, hacerlo conocer y hacerlo amar” son las iluminantes palabras del siervo Dios, el venerable padre Ottorino Zanon, fundador de la Pía Sociedad San Cayetano, congregación religiosa misionera conformada por presbíteros y diáconos permanentes.

Desde muy jovencito, en el seminario, Ottorino siente el deseo y la misión de conocer y amar al Señor Jesús y de no tardar en hacerlo conocer y amar por todas las personas.

En primer lugar, su gran dedicación en los estudios, y en segundo lugar, su apasionada búsqueda de la voluntad de Dios, abren su vida a la acción del Espíritu Santo, que siempre lo impulsa a ir más allá de los confines conocidos por él hasta ese momento. En el seminario, mientras se encuentra en contemplación inspirado por la pintura de un crucifijo detrás del cual se observan unas montañas y más allá el horizonte del mundo, siente una clara llamada a la vida misionera, tan fuerte que siente que no tendrá paz hasta que todo se ponga al servicio de la evangelización. Dejando todo en manos de la Virgen, mantiene hacia ella un confiado y creativo abandono a su intercesión y protección. Él está impregnado constantemente de una gran devoción filial a la Virgen, a María Inmaculada; la confianza puesta en ella es inquebrantable. Esto claramente se convierte en una línea de la espiritualidad para los futuros miembros de la congregación, antes y después de la composición de la “Familia del padre Ottorino”. Se lo escuchaba repetir con frecuencia: “Barco en tempestad: recurre a María”, seguro de la protección de su “querida Mamá del cielo”.

En su primer momento de apostolado como jovencísimo sacerdote diocesano, da lo mejor de sí para buscar nuevos caminos en su servicio para restituir la dignidad a cuantos viven marginados y solos; los jóvenes, en aquella época huérfanos de guerra, lo impulsan y motivan para iniciar audazmente la obra, que la comenzará solamente si recibiera signos claros de la voluntad de Dios. Este estilo de dejarse tocar por las heridas de la humanidad y de presentárselas al Señor son claras características de la sensibilidad de padre Ottorino y una línea que orienta su Obra. Él se deja conducir por estas experiencias de pobreza y busca de todas las maneras posibles responder para levantar a cuantos, sobre todo los jóvenes, pagan las consecuencias más amargas. Este amor por la gente, empuja a padre Ottorino a escoger – para sus primeras comunidades fuera de Vicenza y para las futuras misiones – lugares y diócesis donde hay muchas necesidades; donde la falta de clero apareciera como un llamado claro a la presencia de una nueva congregación; donde la calle, los barrios, las periferias fueran lugares ideales para delinear el estilo y el servicio de aquellos en los que padre Ottorino sueña ya como diáconos permanentes de la congregación.

Presbíteros y diáconos juntos en el altar y en la vida; en el servicio y en comunidad, para mostrar así el rostro de una Iglesia capaz de hacerse prójima de los necesitados y siempre fraterna en la cotidianidad.

La voluntad de Dios: cumplirla siempre, también cuando cueste, buscarla y amarla todos los días. La voluntad de Dios guía el espíritu de entrega de padre Ottorino y lo explica a través de un mosaico, cuyas piezas conforman una cruz, donde cada uno, como las piezas, tiene que buscar y ocupar su propio lugar para vivir en armonía con las personas y con el Señor e colorear así la vida. “¿Estoy en mi lugar?” es un imperativo urgente y siempre actual para pensar y actuar en presencia del Señor, con quien debemos cultivar una íntima unión por medio del encuentro cotidiano, en la celebración de la eucaristía, en el anuncio de su palabra, en la oración constante.

“¿Estoy en mi lugar?” se convierte en uno de sus lemas más divulgados para transmitir el carisma recibido del Espíritu Santo, del cual se siente un instrumento.

Padre Ottorino se deja transportar por una obra no deseada por él y menos aún buscada, pero cuando entiende que el Señor quiere su disponibilidad, no duda en dejar todo en las manos de Dios. Para iniciar su obra, padre Ottorino pide signos de conversión; busca colaboradores como huellas de la constante providencia divina que nunca abandona a aquellos que se confían en ella. Se mantiene siempre fiel y obediente a la Iglesia, aunque sus intuiciones se anticipan los tiempos y ya emanan de ellos el espíritu y el eco del Concilio Vaticano II.

Con profunda humildad, sueña como profecía la restauración del diaconado permanente; sueño ya compartido con algunos de sus primeros compañeros desde los años ’40. Sabe esperar los tiempos de la Iglesia y en ellos lanza, con genial creatividad, la semilla del diaconado permanente.

Corazón, familia y trabajo son, para padre Ottorino lugares ciertos en los que el Señor está presente, donde se puede vivir el verdadero sacramento de su cercanía: “Con Cristo en el corazón, en la familia, en el trabajo” es una frase escrita en la entrada misma del Instituto San Cayetano de modo que un centenar de jóvenes, colaboradores y familias enteras puedan intuir cómo es posible vivir en presencia del Señor.

Motor de su intuición original es el don de la unidad. No una unidad abstracta y genérica, sino que se da en la caridad, en el amor.

“Unidad en la caridad” es el ideal de padre Ottorino antes y después de la congregación religiosa-misionera.

Siente que el precio de la unidad en la caridad es la cruz del Hijo de Dios. En ella encuentra la razón de su vida y en ella descubre la fuente para renovarse inclusive cuando las heridas infligidas a la comunión son más dolorosas que nunca. Dice “Ama la cruz”, a pesar de que estas palabras dejen malherido al que tan sólo pueda pronunciarlas.

El ideal de padre Ottorino se desarrolla como una música para el alma, sin embargo, repite varias veces que aunque la escuche dentro de sí, no consigue componerla solo. Tan grande es su humildad frente a la obra ya en acto y tanta su libertad para compartirla con otros que hace partícipes a todos de aquello que él reconoce como la presencia de Jesús. Su carisma será cada vez más compartido y así mismo crecerá la exigencia de anunciarlo. Rápidamente, laicos y amigos serán parte del ideal. La historia del desarrollo del carisma madura dando fruto a la ‘Familia del padre Ottorino’: religiosos, hermanas en la diaconía, laicos y familias que, en la diversidad de vocaciones, viven y cultivan el carisma de padre Ottorino mostrando, en el lugar en el que son llamados a vivir, el rostro diaconal de la Iglesia en la pastoral de las parroquias.

Padre Ottorino recomienda siempre un contacto íntimo con el Señor: “Háblalo con Él” y lo recuerda siempre antes de hacer elecciones importantes. Un contacto y diálogo con Jesús que se debe renovar cada día para poder amar la cruz que visita siempre la vida de las personas.

La desmedida confianza en la Providencia, hace de padre Ottorino un hombre creíble a la vista de todos, un hombre de futuro y de grandes proyectos. Lo hace contagioso y muchos no se resisten a su ardiente impulso que lo muestra como un verdadero hombre de Dios, optimista, entregado enteramente al Señor y a la gente.

La Pía Sociedad San Cayetano, congregación religiosa-misionera – y ahora, la Familia del padre Ottorino – están actualmente comprometidos, según sus distintas vocaciones, a vivir la unidad en la caridad en las parroquias, sensibilizando sobre la realidad del diaconado permanente, convencidos de que en la respuesta al ¿Estoy en mi lugar? está la fuente de la verdadera alegría, porque transcurre en la donación total a Dios y los hermanos.

La espiritualidad y el carisma, siempre en camino, manifiestan un Jesús con las características de siervo; es más, un Jesús sacerdote siervo. Este punto central resulta un ícono del carisma religioso pastoral de la congregación. Esto se convierte en inspirador para las opciones misioneras y para la obra pastoral de la Familia de padre Ottorino. Parecerse siempre más a Jesús sacerdote siervo, que se ofrece completamente al Padre y que celebra su misión entre la gente con un estilo diaconal, de modo que ninguno lo sienta lejano, es el camino de santidad para todos los miembros de la Familia y un llamado que debe renovarse todos los días.

Padre Ottorino, humilde discípulo de Jesús, miembro obediente de la Iglesia, profeta sin gloria, es fuente de inspiración para quienes hoy pertenecen a su familia en la Iglesia y en el mundo. “Presbíteros y diáconos” juntos en comunidad y en la acción pastoral; “Hermanas en la diaconía”, mujeres consagradas y partícipes del carisma; y “Amigos” con sus familias continúan componiendo aquella música que padre Ottorino escuchaba dentro de sí. Dedicarse al carisma para vivir la ‘unidad en la caridad’ es alegría que llena el corazón e impulso creativo para construir puentes y convertirse en piezas disponibles a ocupar aquel lugar en el mosaico que el Señor ha pensado para cada uno y para la Iglesia.