Los religiosos de los primeros tiempos nos cuentan que padre Ottorino soñó el diaconado desde el inicio de la Obra, como un ministerio asociado al presbiterado. La imagen de este ministerio fue delineándose en el progresivamente, a medida que la congregación crecía en espiritualidad y en su finalidad pastoral misionera.
Él hablaba con frecuencia y con mucho entusiasmo del ministerio diaconal al cual accederían sus religiosos que no eran presbíteros, además, lo consideraba una gracia especial para la Congregación y para la Iglesia. Sostenía, de hecho, que este ministerio debería ser constitutivo de la identidad de nuestra Familia religiosa y componente esencial en el plano apostólico, para dar respuesta, junto con el presbiterado, a las “necesidades espirituales de los hombres de hoy”. Padre Ottorino recordaba a menudo su intuición referida al nuevo perfil ministros en la Iglesia y la indispensable presencia de estas dos figuras: el presbítero y el diácono unidos en la misma misión.
La visión de padre Ottorino nació de la percepción que tenía del apostolado y del servicio pastoral que el diácono debiera cumplir en el mundo moderno: un ministro capaz de entrar en los distintos ambientes de vida del ser humano, que favorecido por “no usar hábito eclesiástico” (es decir, sin ningún signo de tipo religioso que despierte prejuicios), debiera atravesar cualquier barrera social y vivir cercano a la gente. El diácono debía ser un ministro de Dios y servidor de su pueblo, que actúa “fuera del templo”, dentro de la realidad social como agente de primera evangelización, de encuentro con el hombre moderno y sus instituciones, de misión.

