Abril 2020

JESÚS ES RESURRECCIÓN Y VIDA
«Yo soy la resurrección y la vida» - Juan 11, 25

La Palabra que se nos da este mes para el Empeño de Vida se encuentra en el relato de la resurrección de Lázaro en Betania. Es uno de los pocos signos que Jesús realiza, según el cuarto evangelio, para revelar al mundo quién es Él. Jesús muestra su poder divino al devolverle la vida a Lázaro y, dialogando con Marta, se define a sí mismo como “la resurrección y la vida”, invitándola a confiar en él. La misma invitación está dirigida a nosotros, que nos encontramos de frente a la anticipación del evento más impactante nunca visto en la historia de la humanidad: ¡la resurrección de los muertos del mismo Jesús!

Pero, la resurrección de Jesús no es comprensible solo con la inteligencia, como lo demuestra la experiencia de Marta, quien parece entender las palabras de Jesús, mientras que en realidad le cuesta penetrar en toda la densidad que expresan. Es necesario hacer experiencia de Jesús Resucitado para poder intuir la maravilla del don de la resurrección.

Encontrar a Jesús resucitado significa antes que nada aceptar que en la existencia de cada uno hay algunas experiencias inevitables, que nos hacen sufrir y nos asustan. Se trata de la enfermedad, del dolor, pero sobre todo de la muerte. Sin embargo, en Jesús podemos conocer a un Dios que se hace cargo de ella, compartiendo nuestra debilidad hasta el final y experimentando la muerte como nosotros. Así llegamos a recibir la buena noticia de la resurrección, en la cual se nos da el poder de Dios Padre, que devuelve a la vida al Hijo, venciendo la fuerza del mal. Esta victoria sobre la muerte en Jesús es definitiva: de hecho Él es Dios hecho hombre, por lo que su regreso a la vida no es como la de Lázaro, que tendrá que volver a morir, sino que es una vida nueva, es la vida inmortal del Espíritu en el cuerpo glorioso de Jesús.

La resurrección de Jesús es la respuesta definitiva de Dios a nuestra miseria y nuestro deseo íntimo de vivir para siempre, aquello que sentimos especialmente cuando amamos a alguien, por quien tenemos sentimientos tan fuertes que esperamos que duren por la eternidad. En Jesús resucitado, cada hombre puede saborear desde ahora el sabor de una vida interior que va más allá de los límites de lo humano y que nos anuncia nuestro destino definitivo: la vida eterna en el corazón de la Santísima Trinidad, en una experiencia de comunión íntima que nos hará luminosos y gloriosos como lo es el Hijo amado.

¿Cómo vivir, entonces, la Palabra del Empeño de vida de este mes?

En los cinco minutos de la noche, haciendo memoria de lo vivido durante el día, intentamos reconocer los signos de resurrección y de vida que vienen de Jesús en los acontecimientos tristes o dolorosos que se transformaron en una ocasión de agradecimiento o de crecimiento.

Padre Ottorino
La palabra de Jesús trae vida

Hay un hombre muerto, Lázaro, en el sepulcro. Jesús dice: “Abran el sepulcro”. Ellos abren y Jesús grita: “Lázaro, sal fuera”. Quien haya visto la tumba de Lázaro entiende que Jesús tuvo que decir: “Sal fuera”, porque había un agujero y el cadáver fue empujado dentro. La palabra de Cristo es potencia. ¿Por qué la palabra “levántate” en la boca de un loro no produce nada, mientras que en la boca de Cristo hace saltar por los aires a un hombre muerto? Jesús le dice “levántate” a un niño muerto y él resurge; le habla a un lisiado y éste se levanta; le ordena a un muerto, Lázaro, y éste salta de la tumba. ¿Por qué? Porque la palabra de Jesús lleva en sí vida. La palabra de Jesús es una fuerza viva, mientras que la palabra del loro da lástima, de hecho la pronuncia con dificultad. Entonces tenga cuidado: no es tu palabra, sino que es la palabra junto con algo más que hace el bien; es la palabra con algo que se une a esa palabra misma lo que da vida. Pongamos otro ejemplo más. Hay otro hombre muerto, uno que está en pecado mortal: un lisiado, un pobre lisiado. ¿Qué le dice Jesús? “Tus pecados te son perdonados”. ¿Qué hizo Jesús cuando lo dijo? Realizó el milagro, resuscitó un alma. Él, mirando adentro, vio que había un alma muerta y resuscitó el alma.

(Med. 14 de noviembre 1965)