JESÚS ES EL BUEN PASTOR

«Yo soy el buen pastor» – Juan 10, 11

La experiencia de los pastores talvez no sea tan conocida en el mundo de hoy. Vamos a imaginarla allá en Jerusalén, en medio del desierto, buscando oasis para beber y pastar.

Los buenos pastores hacen camino con el rebaño. No se lo encomiendan a cualquiera. Así, experimentan juntos las bondades, las dificultades y los riesgos del camino. Disfrutan el correr atropellado de los corderitos y están pendientes del carnero viejo que camina cansado.  Y si hay que defender la rebaño, no hay otro pellejo para poner, sino el suyo. Puedes preguntarte: ¿Cuándo sentiste con más fuerza que Jesús caminaba contigo, así cerquita?

Los buenos pastores conocen los caminos y conocen a sus ovejas. Procuran llevarlas por caminos seguros y las cuida en los que son más riesgosos. Cada oveja tiene un espacio en el corazón de su pastor, pero sus ojos están puestos especialmente en las débiles. ¡Qué emoción ver parir aquella oveja que cuidaron tanto! ¡Qué dolor cuando no se puede salvar a la enferma! Puedes preguntarte: ¿Cómo te dejas conocer por Jesús? ¿De qué hablas con tu Buen Pastor?

Los buenos pastores transmiten confianza y seguridad, también en “las quebradas oscuras”. Talvez, entre las dunas y los peñascos, no todas las ovejas vean al pastor. Pero él golpea su cayado, las llama y ellas lo reconocen. Así, percibiendo su voz y su compañía, el rebaño se siente seguro, permanece unido y reconoce dónde queda el buen camino. Puedes preguntarte: ¿Alguna vez experimentaste esta sensación en tu vida con Jesús?

Y nosotros, como bueno seguidores de Jesús, estamos llamados también a ser buenos pastores. ¡No olvidemos cómo nos ha cuidado y conducido Él! Puedes preguntarte: ¿Con quiénes estás caminando para guiarlos, cuidarlos y transmitirles calma en tiempos difíciles?

Para terminar dos gotas carismáticas: “Nuestro carisma enlaza íntimamente la vocación-misión pastoral con la religiosa y nos hace uno con el pueblo al que somos enviados.” (de la Regla de Vida, C.13)

Expresamos el rostro diaconal de nuestra comunidad religiosa en el amor fraterno que sana las pobrezas personales, en el testimonio sereno de una vida pobre, en disponibilidad para acoger, como a Cristo en persona a cuantos se encuentran en necesidad. (de la Regla de Vida, C.20)

¿Cómo vivir, entonces, la Palabra del Empeño de vida de este mes?

Nosotros, como los pastores, nos reunimos y contamos nuestra experiencia. Compartimos cómo estamos percibiendo a Jesús Buen Pastor en nuestra vida y cómo estamos viviendo este ser buen pastor para otras personas.