Febrero 2020

JESÚS ES EL PAN DE VIDA

«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre» – Juan 6, 35

En el evangelio de san Juan, Jesús se presenta como el verdadero pan que descendió del cielo, que debe ser aceptado por la fe: “Yo soy el pan de vida, el que viene a mi nunca tendrá hambre…”

Jesús se ve a sí mismo como pan. Esa es la razón última de su vida aquí en la tierra: ser pan para ser comido y para comunicarnos su vida, para transformarnos en él. Hasta ahí es claro el significado espiritual de esta palabra, pero el discurso se vuelve misterioso y difícil cuando más tarde Jesús dice de sí mismo: “El pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51b) y “si no comen la carne del Hijo de hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes” (Jn 6,53).

Es el anuncio de la Eucaristía lo que escandaliza y aleja a tantos discípulos. Pero es el mayor regalo que Jesús quiere dar a la humanidad: su presencia en el sacramento de la Eucaristía, que da la saciedad del alma y del cuerpo, la plenitud de la alegría, por la unión íntima con Jesús.

Alimentada por este pan, cualquier otra hambre no tiene más razón de existir. Todos nuestros deseos de amor y verdad son satisfechos por quien ES realmente Amor, Verdad.

El mundo debe recibir, viendo la vida de los cristianos que son alimentados por ella y por la Palabra, la proclamación de la presencia de Cristo en la Eucaristía. Somos nosotros quienes predicamos el Evangelio con la vida y con nuestra voz, quienes anunciamos que Cristo esté presente entre los hombres. La vida de la comunidad cristiana, gracias a la Eucaristía, se convierte en la vida de Jesús, una vida capaz de dar amor, la vida de Dios a los demás.

Amar significa “darse” a todos, y Jesús ejemplificó estupendamente esta forma de amar haciendose pan para nosotros. Se hace pan para entrar en todos, hacerse comestible, donarse, servir, amar a todos. También nosotros, partiendo de la Eucaristía, somos llamados a donarnos para que otros se sientan nutridos por nuestro amor, consolados, aliviados, incluidos.

El P. Ottorino admirado por la maravilla de la Eucaristía, por la presencia real de Cristo como pan que alimenta e ilumina, nos invita al encuentro con Él. Repitiendo la invitación de Jesús “venga a mi y coman de este pan” para recibir fuerza, luz, alivio. Y nos propone hacer un exámen de conciencia sincero sobre nuestra fe en la Eucaristía y el modo en que nos acercamos a ella.

Jesús está presente en el Tabernáculo ¿cuánto tiempo dedicamos a estar con Él?; Jesús se nos da en la Eucaristía ¿con qué frecuencia lo recibimos y con cuánta fe?

¿Cómo vivir, entonces, la Palabra del Empeño de vida de este mes?

Renovar nuestra fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía, recibiendo la comunión con el corazón preparando para este encuentro y con el compromiso de dedicar un tiempo a la adoración.

 

Padre Ottorino

Vengan, vengan a visitarme

El Señor estableció también aquí en medio de los hombres otro grande y maravilloso banquete, o sea, puso en los sagrarios no algo paradisíaco, sino que puso en el sagrario el Paraíso, es decir, a sí mismo. Nosotros podemos acercarnos a esta mesa todos los días; cada día Él nos invita: “Vengan a mí, todos los que están cansados y yo los aliviaré. ¿Necesitan luz? ¡Vengan: yo soy la luz del mundo! Quien camina en pos de mí no vacilará, no caerá en la fosa. ¿Necesitan fuerza para vencer a las tentaciones? ¡Vengan a mí, vengan a mí!”. También sobre la tierra el Señor puso un pequeño Paraíso, nos ha dado la posibilidad de pregustar al Paraíso y de comer un pan que es un viático para el Paraíso, o sea, nos ha dado un pan, que es fuerza para poder llegar  al paraíso. Y he aquí, entonces, la invitación del divino Maestro: “¡Vengan, vengan a visitarme!”. Aquí podríamos detenernos mucho tiempo para meditar y para preguntarnos a nosotros mismos: “¿Nos acercamos a esta mesa? ¿Comemos este pan con fe verdadera?”.

Med. 12 de junio de 1966